La calma

14 07 2007

Era tarde y estaba sentado. Había estado cansado otras noches, pero esta no. El olor de la noche de verano se precipitaba por la ventana en la habitación, con calma almizclera. Lee el resto de esta entrada »





Despertar (III)

21 03 2006

Tuvo que irse, y rápido. Tras los contactos que había conseguido se enteró que lo estaban buscando. Sabía que tenía que huir y debía ser rápido. Debía desaparecer unos días y tenia que ser ya. Conocía a su perseguidor, llamémosle M. La fama de M se extendía a lo largo y ancho de todas las cantinas de mala muerte y mercados escondidos del planeta. Sabía que si veía una camiseta de tirantas blanca debajo de una gabardina de cuero negra estaría perdido.

Avisó de que se iba sólo a una persona. Le dijo que no tardaría en volver, pero tenía que irse. La razón: la mayoría de los vivos son alérgicos al dolor y no digamos ya a la muerte. Ella lo comprendió. O eso pensaba él.

Se fue a una cabaña que su padre le enseño hacía mucho tiempo. Un lugar escondido, y que no figuraba en las escrituras de nadie relacionado con él. No era la primera vez que se refugiaba allí. En tres ocasiones tuvo que quitarse de en medio. Y ahí estaba otra vez. Con un surtido de provisiones y de tabaco. En algún monte al que sólo se puede acceder a pie.

Pasaron dos días que se le antojaron en realidad cortos. La belleza de aquellos parajes siempre le dejaba embobado. La humedad le entraba por la nariz y purificaba todo su cuerpo. La flora le miraba intentado comprender porqué volvía. De la fauna no se puede decir nada porque no apareció por ningún lugar. Pero estaba allí.

Durante los dos días pudo desconectar pero no dejó de acordarse de lo que dejó en aquella ciudad, aquel reino.

Se puso en contacto con ella, para ver cómo iban las cosas, y el mensaje fue tranquilizador:

–         Ya ha pasado el peligro, puedes volver.

Y volvió. Dejo sus cosas en un nuevo motel, y se dirigió a palacio.

Pero no pudo verla. Estaba demasiado ocupada debatiendo las condiciones que pondrían fin a la guerra. Así que optó por volver a casa.

Según las noticias estaba siendo un diálogo muy complicado y extenso.

Ahogó sus penas en la botella de licor que compró de camino al motel del olvido. Y allí se quedó.

A los días, las noticias sólo daban imágenes de fiesta y gente con alegría en las caras gracias al fin de la guerra, todo había acabado.

Le dijo que al día siguiente iría a verle.

Por fin.

La impaciencia hace más larga la espera, y nuestro comerciante, sin saber porqué, estaba muy impaciente desde hacia unos días. Por tanto, la espera fue más que larga. De hecho duró lo que dura una estrella en pasar a enana roja y luego a supernova.

Llegó el momento, ella seguía tan guapa como siempre. Pero había algo que intentaba ocultar, y que iba a aparecer en breve.

Le dijo:

– Mira, estos días han sido un poco ajetreados. Con todo esto de la diplomacia, los pactos y los repartos. Hasta ahí todo bien, lo normal. Pero hay una cosa que todavía no entiendo. Una de las cláusulas para que esto acabe es que el pacto de libre comercio que teníamos debe rescindirse y debes abandonar el país. No se bien el porqué de esa cláusula, pero está  ahí, y creo que es lo mejor si quiero que todo vuelva a estar en calma, y por el bien de mi pueblo. Espero que lo comprendas, es algo que tengo que hacer.

Si los pilares de la tierra hacen ruido al romperse y caer al suelo, algo parecido creyó oír. No sabía que hacer ni qué decir. Era él contra todo un reino. Las posibilidades no eran muchas en un escenario como ese, así que bueno, no supo que decir. Así que dejó las cosas como estaban y si tenía que irse se iría.

El atardecer le siguió hasta el motel. Estuvo recogiendo sus cosas, con el gesto fruncido. Sin entender que había pasado.

El ritmo de la noche vestía su caminar por los senderos, otra vez.

Un comerciante que jugaba un papel único en la historia de un país. Con eso se quedaría.

Ahora lo que le estuvo quemando por dentro durante unos días era una pregunta poco inteligente y cuya respuesta no lo era tanto:

P:¿Qué he hecho yo para causar todo esto?

R: Creo que nada

Masticando y rumiando la canción que le compuso su vecino se fue alejando de aquél país:

 
Con el anhelo dirigido hacia ti
yo estaba sólo, en un rincón del café
cuando de pronto oí unas alas batir,
como si un peso comenzara a ceder,
se va, se va, se fue…
Tal vez fue algo de la puesta de sol,
o algún efecto secundario del té,
pero lo cierto es que la pena voló
y no importó ya ni siquiera porqué,
se va, se va, se fue…
Algunas veces, mejor no preguntar,
por una vez que algo sale bien,
si todo empieza y todo tiene un final,
hay que pensar que la tristeza también
se va, se va, se fue…





Despertar (II)

28 02 2006

Siguió tirado en la cama durante varios días, sólo le estaba permitido levantarse para ir al baño y para sentarse en el sillón. Bueno, por lo menos podía moverse un poco.

Solían almorzar los dos juntos, al lado de la ventana, junto a las vistas que proporcionaba la habitación al jardín del hospital, se contaban cómo había ido el día. Teniendo en cuenta que aquél reino estaba en guerra, ella le decía lo que estaba intentando hacer para detenerla.

Eran técnicas inteligentes, pero se parecían demasiado a ejemplos de libro. Él siempre le decía que en su experiencia había que arriesgarse un poco, ya que los libros que su equipo podía tener para estos casos, también los tendrían los equipos de los reinos en guerra. Sin embargo ella le replicaba diciendo, que esa forma de actuar ante tales contingencias le había valido a su pueblo para mantener la neutralidad durante mucho tiempo.

Él estaba de acuerdo en todo lo que decía, al fin y al cabo era ella la reina y él un simple comerciante que no tenía ni idea de política ni de enfrentamientos armados, así que confió en el buen hacer de ella, ya que se sabía lo que se hacia. Se lo demostraba en cada paso que se tomaba. Y parecía que las cosas no iban del todo mal.

No, por supuesto que no, al cabo de una semana ya le dieron el alta y regresó al motel en el que se hospedaba.

Durante el camino de vuelta vio cómo la gente había rehecho todo. Se seguían viendo los destrozos que había producido el bombardeo de hacía unas semanas. La gente se había acostumbrado, y en la expresión de sus caras se veía que sabían que todo volvería pronto a la normalidad.

A parte de esto, la única diferencia que había con respecto a los paseos que había dado antes de la guerra por aquellas callejuelas eran los soldados que se veían aquí y allí.Se cruzó con el músico del tercero y se pararon a hablar un rato sobre todo lo que había pasado. Y bueno, parece que el nuevo disco que estaba grabando no iba a estar mal. Todos saben que con estas cosas la inspiración viene pisando fuerte y a los artistas nunca les viene mal.

Músico: Si, te observé saliendo como una exhalación del motel, y bueno, voy a serte sincero, hay una canción sobre ti. No puedo olvidar la cara que tenías. Alguna tarde si te parece podemos tomar algo y si te hace la escuchamos.

Comerciante: Estupendo, me alegra ver que todo parece volver a la normalidad. Ya nos veremos.

Entró en la habitación y él no lo esperaba pero cuando entró en la habitación se dio cuenta de que la había echado de menos. Una especie de melancolía mezclada con alivio, pero agitado, no revuelto.





Despertar (Erase una vez un reino. 2A Temporada)

19 02 2006

La brisa de la media tarde galopaba por sus mejillas. El verde retozaba por todas partes, en el horizonte, junto al lago, y en los lomos de la colina en la que estaba semi sentado casi aislado del mundo.
Observaba cómo las golondrinas le sobrevolaban para alcanzar la superficie del lago. Con el fin de inundar su buche, quizás para hacer barro para el nido, quizás sólo para beber. No le importaba, pero empezó a tener sed. A su lado estaba el recipiente con el líquido de la vida. Lo agarró y se lo llevó a la boca. Notó resbalar el líquido por la garganta, practicando rapel hasta su estómago.

Ella estaba dormida y usaba su pierna como almohada. Sentía su respiración pausada y tranquila. Su calor le reconfortaba y llenaba todos los días de deambular por solitarios caminos buscando el trato perfecto que le retiraría del negocio para siempre.

Un picor nació en su costado, sin darse cuenta se descubrió rascándose hasta tal punto que había rasgado su camisa y la piel se le venía abajo con cada paso de sus uñas.
Gritó y gritó pero ella no se despertaba. Y otra vez los sudores fríos que pensaba había dejado en la distancia volvieron a adueñarse de él.
 

Despertó.
 

Era de noche y sólo la leve luz de la mesita de noche le permitió verla tumbada a los pies de la cama, usando su pierna como almohada. Se tocó el costado y notó humedad. Apenas había acostumbrado sus ojos a la oscuridad, cuando se abrió la puerta de la habitación dejando pasar a un enfermero diciendo:

-Es la hora de la cura.

Llevó su mano a la cabellera rizada con el fin de despertarla.
Se agitó levemente y se incorporó. Él dijo:

-Buenas noches.

Ella sonrió, tenía las mejillas coloradas y los ojos parecían no desperezarse a la vez que el resto de su cuerpo. Un último estirón y listo.

– ¿Has dormido bien?

 Ella respondió entre algún que otro bostezo nervioso:
– Si, demasiado. Estaba muy cansada. Desde que supe que te dormiste no me he separado mucho de este lugar. ¿Cómo estás?
– Bueno, he tenido días mejores.
Decía mientras recordaba el momento de antes de quedarse dormido. Siguió diciendo:

– Me tienen que cambiar las vendas, vamos a ver qué ha quedado de mi torso de atleta.

Rieron.

Durante media hora estuvo a solas con el enfermero. Le retiró las vendas y las tiró. Limpió la herida que tenía y se dio cuenta de que el estado del “pequeño? arañón era mucho peor en su sueño. Así que se alivió un poco. Ya no le dolía tanto.

Desde luego se sentía con fuerzas para levantarse, pero cualquier matasanos le aconsejaría que siguiese descansando. Así que se quedó allí, no quería contravenir los consejos de alguien que ha estudiado mucho para decir cosas tan evidentes como: “Es un virus?.





Erase una vez un reino (IX)

17 01 2006

Definitivamente fueron dos eternidades, pero mereció la pena.
Se tocaron, y él olvidó por un momento el dolor que sentía en el costado, y se centró en la calma que empezó a manar de lo más profundo de su corazón, a borbotones; y se convirtió en un mar derramado por ambos lados de los acantilados del fin del mundo en que se convirtieron los limites de esa cama habitada por dos.
 

Pocas palabras se cruzaron entre ellos, un atasco de sentimientos las impedía avanzar. Fue difícil para él no poderse mover  en aquel instante. Su cuerpo negó seguir las órdenes dictadas por su cerebro, así que decidió abandonarse al ritmo que marcaba el borrador de los acontecimientos.
 

De esta forma, tenemos a dos individuos, uno de sangre azul, y otro de sangre que se veía roja. El nexo de unión entre ellos empezaba en sus manos y acababa en sus miradas. Él solo pensaba en el pacto, se ahogaba en su mirada, intentando adivinar lo que ella pensaba.
 

De repente, y sin saber porqué su cuerpo se movió lo suficiente para salvar la distancia que separaba sus miradas. Ella dijo un sí tácito, es decir, un “NO? no mencionado cuando sus labios se encontraron. Y por segunda vez oyó violines, trompetas y arpas, cuando de repente empezó a sentir el latir de un corazón acelerado, la cautelosa  maquinaria con precisión de reloj que empezó a correr en el momento en que ella pasó por debajo del arco de la puerta.
 

Consiguió abrir una brecha entre las defensas, o eso pensaba él. Pero bueno, ahora ya no importaba nada, sólo ellos. Él con el costado maltrecho y el corazón, que latía como si hubiese vuelto a nacer.
 

Si el cielo tiene sabor, seguro que es el que su gusto detectó en aquel momento. Aterciopelado, cálido, sin prisas, pero sin pausa. Por favor, que no pare. Pero como marca el refranero popular, todo lo bueno se acaba, y ese momento tenía que terminar en algún momento, por mucho que ninguno de los dos quisiera ponerle fin.
 

Y terminó, y es que las pocas fuerzas que su cuerpo consiguió reunir se esfumaron. Se dejó caer en la cama, con los ojos cerrados. Ella también los tenía cerrados. Ambos se quedaron saboreando los restos del momento que se esfumaban con el aire.
 

Por supuesto, sin querer que aquel momento terminase, tumbado en la cama, casi sin aliento, abrió la mano que había cerrado debajo de la almohada del hotel. En su pecho dejó caer el contrato, doblado, firmado, y cuidado con mimo.
 

Soñaba con él y ahora viviría por él.
 

“Que le den a mi jefe, aquí nunca me encontrarán.? Pensaba mientras su cuerpo no daba ya más de sí.
La vigilia y el sueño no se enteraron de que el pacto estaba firmado. Pero una batalla interna explotó, se sublevaron, no sabia muy bien quién era el responsable de aquello.
Ya no sabía a ordenes de quién estaban los acordes de sus palabras, del protocolo intenso de su comercio, y ya nada importaba todo eso. Fuese quien fuese quien domina allí, donde los sueños son tan libres como una manada de mustangs sobre el desierto, debía de gritar bien alto. Y sus palabras eran grilletes sobre sus párpados y condena de su vigilia engañada.
 

Se sublevaron todas las ideas contrarias, y mientras caía en el más profundo final de sus ojos entre abiertos, nada más podía recordar que la suave caricia y el aleto leve del aliento de la poseedora de los límites de su reino sin fronteras, sin guerras, sin niñas asustadas, sin madres desesperadas. En un mundo de dos soñó. Durmió, por fin, podía descansar y no quería, pero no podía más. Soñó y soñó. Ya no era un simple comerciante.
 

FIN DE LA PRIMERA TEMPORADA.





Erase una vez un reino (VIII)

12 01 2006

¿Qué carajo está pasando?
 

Se preguntaba mientras una voz de tonalidad preprogramada llamaba a la calma a los ciudadanos. Una sirena sonaba cerca. Era la típica señal que instaba a la gente a esconderse en el refugio más cercano. Encerrarse para esperar a que un soldado abra la puerta pregonando que todo había acabado.
 

Y es que la razón y la locura, ya estaban haciendo de las suyas, otra vez. Y el reino en el que se desarrolla esta historia jugaba un papel estratégico. Su posición era ideal, y el primero que consiguiese hacerse con el control de aquel reino tendría todas las papeletas para el sorteo final.
 

Y la lucha por la conquista había empezado. Cualquier sociólogo lo hubiese predicho: “Preparaos para pasarlo mal, porque se avecina una buena?.
Se veía venir, de lejos, incluso se olía, de lejos.
 

Empezó a oír explosiones a lo lejos, venían del palacio. El miedo lleva al dolor y a la deseperación, y la oscuridad se cernió sobre su rostro. Cogió su cazadora de cuero, se embutió en ella, metió la mano bajo la almohada y salió corriendo.
 

Mientras salía de la habitación un sudor helado empezó a manar de su frente. Bajó por las escaleras como una exhalación, los escalones pasaban bajo sus pies de cuatro en cuatro.
Cruzándose con el resto de habitantes, la morena del cuarto, el músico del tercero, el tímido del segundo, y un largo etcétera, salio del motel “Gente corriente? de un salto.
 

Cayó en mitad de la acera y se percató de las nubes de humo negro que nacían aquí y allí. Echó una ojeada. Su mundo se vaciaba. “No, de allí no, no ha habido tiempo, ¿cómo es posible??
 

Todas las nubes eran de una oscuridad terrible, pero aquella absorbía la oscuridad de todas las demás, la que salía del palacio.
 

Corre, estúpido, corre.
 

Hubiese sido imposible tomar prestado cualquier medio de transporte, la gente corría despavorida en busca de refugio. El miedo en sus caras y la prisa en sus piernas. El silencio gritaba por todas partes. Su vecino tenía ese día que repartir flores, pero el crudo curso de los acontecimientos le hicieron darse cuenta de que si Dios existía, se estaba hundiendo de pena por lo que estaba pasando. Bandadas de pájaros se iban todas juntas por un cielo incierto.
 

Corre, estúpido, corre.
 

En tan sólo un milisegundo desde que cayó a la acera, echó a correr. Hubiese preferido saber volar, de esa forma no habría tenido que esquivar el dolor con el que se encontró en el camino.
Madres buscando a sus hijos que se supone estaban jugando en el lugar donde ahora había un agujero en el suelo. Una niña asustada agarraba una muñeca, lloraba. Pasó junto a ella, la agarró en carrera y la dejó enfrente de una mujer que gritaba:
“¡Mi hija, esa es mi hija!?
La mirada de gratitud que se intercambiaron comerciante y madre dejaría helado al más activo de los volcanes.
 

Y siguió corriendo.
 

A medida que se fue acercando al palacio, tuvo que esquivar a algún que otro soldado, tan desesperado como aquella madre, tan asustado como aquella niña.
 

La llamada de una voz familiar le hizo girar la cabeza, acto seguido, cambió de dirección. Una imagen vale más que mil palabras, y una mirada también. En concreto, aquella mirada decía: “No corras en esa dirección que es la equivocada, ella esta por aquí.?
 

Había corrido tanto y tan aprisa que por sus venas ya no había sangre. Sino algo parecido a lubricante para motores. Se asfixiaba, y disminuyó el ritmo de su baile enloquecido en dirección al que le llamaba. El amigo que le llevó al salón de juegos ilegal.
 

Craso error, aquel de disminuir el ritmo. Un frío eléctrico le recorrió el cuerpo, por la espalda, a traición y sin avisar, algo pareció atravesar su costado.
 

Y cayó al suelo. El olvido se adueñó de él, la oscuridad inundó sus sentidos, mil y una sensaciones pasaron por su cabeza. Y otra vez sus recuerdos. Pero esta vez, de adelante hacia atrás, llegó al primer recuerdo que tenía, su abuelo.
 

Y de repente, volvió a nacer. La inercia de la caída le despertó de su desesperación. Y vio a su amigo paralizado por el terror. Se movió un poco, y luego otro poco más. Se levantó, corrió en la dirección correcta y llegó sano y salvo, o por lo menos eso pensaba él. Se agarró a lo que ahora no era más que una borrosa figura humana y se desmayó.
 

Oyó una voz femenina:
         Estas en un sitio a salvo, no te vayas …
Reconoció la voz de su amigo diciendo:
         ¡Sacadla de aquí!¡Os dije que no la dejarais entrar!
 

Sintió algo en su brazo, húmedo y tibio, una lágrima. Pasos, un tirón de la sabana lo dejo semidesnudo en lo alto de aquella improvisada cama de hospital. Y la voz femenina fue expulsada de la habitación.
 

En ese momento alguien le empezó a arropar, consciente ya de su cuerpo y su estado, el comerciante estiro la mano y agarró el brazo arropador.
-¿Qué ha pasado?
Su fiel amigo contestó:
-Te alcanzaron en el abdomen, pero no han dañado ningún órgano vital. Llevas dos días en coma, y te hemos mantenido en observación. Perdiste mucha sangre, pero no te has despertado hasta ahora …, pensábamos que no querías vivir.
 

El comerciante se miró el brazo en el que cayó la lágrima y luego desvió la vista para los vendajes de su abdomen.
 

Miró a los ojos a su salvador.
Salió de la habitación, le hizo una señal a alguien y ella apareció al otro lado de la puerta. Pasó y el sanador cerró la puerta tras de ella. Los dejó solos.
 

No dejaron de mirarse a los ojos desde que apareció por el quicio de la puerta.
Una sonrisa mental era lo más que podía dejar ver el comerciante, mientras ella se acercaba a la camilla donde se recuperaba de las heridas.
 

Una eternidad, pasó una eternidad, ¿o fueron dos?, desde que ella empezó a andar hasta que se sentó al borde de la cama y le volvió a coger la mano.





Erase una vez un reino (VII)

6 01 2006

Decidió no gastar tontamente el dinero. Así que en vez de ir al local por vigésima vez para buscarse en un espejo sucio, compró una botella de licor y ensució el espejo de su habitación.
 

Cuando llegó a aquel país, lo hizo solo, pensando para sus adentros y lamiéndose los zarpazos cosidos de su alma. Se estaba bien en su propio mundo y en su soledad. Las jovencitas que encontraba en los tugurios de mala muerte no eran más que parches y remiendos, un bálsamo suave, que calmaban sus heridas sólo unas horas más.
 

Y ahora estaba allí, con su memoria nadando en media botella de zumo de algo. No sabía lo que era, pero no estaba mal, además le hacía evadirse de aquellas cuatro paredes, a las que había llegado a amar, sin hacer un gasto excesivo. ¿Qué más podía pedir?
 

No sabía cómo pero poco le importaba ya el pacto de comercio que podía establecer entre aquel país y su empresa. Su majestad, durante aquellas recepciones, rompió a punta de lanza sus defensas. Hincó las uñas en su corazón, y él no tuvo valor de luchar por sus huesos, dejando patente, desde el primer día su fragilidad.
 

No había servido de nada que saliera huyendo trabajando en los papeles y el pacto, muchas vueltas de tuerca, ya no sabía cuantas iban. Y por eso su memoria se hundía y tenía más sentido reír y llorar.
 

Así llegó a la siguiente recepción, no sabía que decir. Ella sí, tenía un gran equipo que la aconsejaba: “Déjale creer que merece la pena, pensar que a menudo alguien como él, pueda caminar como un hombre cualquiera, dueño de sus pasos y su dirección?.
 

Y así pasó el día, él con la mirada perdida centrada en ella, y ella con la mirada distraída, ¿pensando en él?