Erase una vez un reino (V)

28 12 2005

Dicen que las noches suelen ser oscuras, pero aquella noche fue gris marengo. Era invierno y las eventualidades atmosféricas dan mucho juego a los escritores que destrozan el primer papel que se les pone por delante, así que la noche fue gris marengo porque una niebla mortecina, se arrastraba por las calles de la ciudad.

Un vagabundo por aquí, un hombre que iba o volvía de alguna parte. Y nuestro comerciante no podía dormir. Embutido en una cazadora de cuero, cigarro en la boca y mechero en la mano, acercó la candela al palo incandescente pensando en si estaba haciendo lo correcto. Siguió mudo, con la mirada fija en el sueño de conquistar aquél país, empezando como no por la reina, si se hacía con ella, todo tendría un color diferente.

Pero el muy estupido, tan seguro que parecía de si mismo, andando a solas por calles desiertas en un país desconocido, no se percató de que no estaba solo. Mientras caminaba sintió lo típico que sienten los típicos protagonistas de las típicas novelas de esta ralea. Una punzada en su delicada nuca.

Se fijó en el encendedor que llevaba en la mano. Plata de ley, uno de tantos regalos que le habían hecho por los resultados en alguna que otra operación. Se lo acercó a la boca, pero lo puso en un ángulo demasiado caprichoso, y debido a ello no vio absolutamente nada detrás de él.

Siguió deambulando hasta llegar a un bar caprichosamente abierto, con una clientela igualmente caprichosa. Restos de lo que se conoce como hombres bebiendo sin más motivo, aparentemente. Ya que cada uno de ellos estaría sumido en pensamientos abisales. Por el estado de esta gente y la actitud aburrida y pasiva del camarero se diría que allí podía estar tranquilo.

?ntes de sentarse en la mesa menos iluminada al fondo del bar, decidió acercarse a la barra y sentarse en el taburete más duro e incomodo que debía existir. Allí a la luz de la vidriera, frente al espejo sin limpiar, se sentó. No quería dar la impresión de que estaba ocultando algo, así que para no levantar sospechas, se pidió una copa y se buscó en el espejo. No podía hacer otra cosa. La copa llegó con la pasividad que un perezoso mostraría intentando agarrar la rama más deliciosa que jamás hubiese visto.

Y de la misma forma empezó a saborear aquella copa. Una ojeada rápida por el bar sólo habría llegado a contar dieciocho personas sin contar al camarero, pero como los ojos de este comerciante estaban bien entrenados. De entre esas personas había una que resaltava por encima de las demás. Más que nada, resaltava porque era la única que no dejaba de observarle, sin ningún intento por ocultar su inquisidora mirada.

Estaba en la penumbra, y no podía distinguir sus rasgos pero a medida que se fué acercando, suspiró para sus adentros al reconocer al que le dijo que “La cosa marcha bien”. Tras charlar un poco sobre cosas que ningún posible oído curioso podría calificar de importantes, este inesperado amigo le invitó a que le acompañase.

“Te gustará el sitio al que te voy a llevar”, y bueno, ¿porquè no?, no tenía nada mejor que hacer.

Tras un cuarto de hora y dos cigarros llegaron al lugar.
Por su aspecto exterior nadie apostaría nada por adivinar lo que había tras aquella puerta. Y mucho menos nuestro comerciante.

Él estaba acostumbrado a los salones de juegos ilegales, pero aquel era distinto. Sobre todo porque ella, estaba allí. Jugando al solitario, curioso, pensó el. Nada más y nada menos que la misma reina que embriagó todos sus sentidos jugando sola. Inquietante.

Sus miradas se cruzaron al momento de que él cruzara el umbral. Él sabía que ya había perdido.

En unos momentos se dió cuenta de que estaba solo, y su misterioso “amigo” se había sentado en la mesa de al lado junto a la que podríamos denominar como novia, conclusión a la que llegó debido a las miradas que se dedicaban y a la falta de añillos en las cuatro manos.

El comerciante se acercó a la reina, era como si nadie se hubiese percatado de la reina estaba alli. Sin embargo, para él era como si no hubiese nadie más aparte de ella.

Pidió permiso para sentarse, concedido.
Y otra vez, como en tantas reuniones, empezó el ataque, pero gracias a Dios, de una forma más informal. Una mirada que no se sabía ni de donde venia ni a donde iba, derrumbó las defensas que el comerciante había intentado montar a toda prisa.
Pero todo fué inutil, era una guerra que sabía que no iba a ganar.

La mano de ella tocó su hombro, en un gesto que parecía totalmente inocente, quizás lo fuera, pero los centros de mando decían que no, que aquel ataque era por algo.

Mientras tanto, debajo de la mesa, la rodilla real no se separó de la comercial y los centros de mando decían que aquel ataque era por algo.

Las palabras que nacían de aquella boca perfecta, y los gestos que las acompañaban inutilizaron los oídos del comerciante, y los centros de mando decían que aquel ataque era por algo.

Sin embargo, los centros de mando no supieron responder, las tropas confusas, sabían que había que hacer algo, los centros de mando no respondían, y ninguno de los pobres soldados desvelados por la nocturna voz de alarma supieron reaccionar.

Llego la hora de cerrar, y el pobre comerciante se fué tal como vino, con un paquete de tabaco en el bolsillo y un encendedor de plata de ley.

Resultado de esta batalla: Un comerciante insomne.

 

 

 

 

 

 


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One response

29 12 2005
Walt

Buena historia… esperemos que lleve a buen puerto y no naufrague…

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