Despertar (III)

21 03 2006

Tuvo que irse, y rápido. Tras los contactos que había conseguido se enteró que lo estaban buscando. Sabía que tenía que huir y debía ser rápido. Debía desaparecer unos días y tenia que ser ya. Conocía a su perseguidor, llamémosle M. La fama de M se extendía a lo largo y ancho de todas las cantinas de mala muerte y mercados escondidos del planeta. Sabía que si veía una camiseta de tirantas blanca debajo de una gabardina de cuero negra estaría perdido.

Avisó de que se iba sólo a una persona. Le dijo que no tardaría en volver, pero tenía que irse. La razón: la mayoría de los vivos son alérgicos al dolor y no digamos ya a la muerte. Ella lo comprendió. O eso pensaba él.

Se fue a una cabaña que su padre le enseño hacía mucho tiempo. Un lugar escondido, y que no figuraba en las escrituras de nadie relacionado con él. No era la primera vez que se refugiaba allí. En tres ocasiones tuvo que quitarse de en medio. Y ahí estaba otra vez. Con un surtido de provisiones y de tabaco. En algún monte al que sólo se puede acceder a pie.

Pasaron dos días que se le antojaron en realidad cortos. La belleza de aquellos parajes siempre le dejaba embobado. La humedad le entraba por la nariz y purificaba todo su cuerpo. La flora le miraba intentado comprender porqué volvía. De la fauna no se puede decir nada porque no apareció por ningún lugar. Pero estaba allí.

Durante los dos días pudo desconectar pero no dejó de acordarse de lo que dejó en aquella ciudad, aquel reino.

Se puso en contacto con ella, para ver cómo iban las cosas, y el mensaje fue tranquilizador:

–         Ya ha pasado el peligro, puedes volver.

Y volvió. Dejo sus cosas en un nuevo motel, y se dirigió a palacio.

Pero no pudo verla. Estaba demasiado ocupada debatiendo las condiciones que pondrían fin a la guerra. Así que optó por volver a casa.

Según las noticias estaba siendo un diálogo muy complicado y extenso.

Ahogó sus penas en la botella de licor que compró de camino al motel del olvido. Y allí se quedó.

A los días, las noticias sólo daban imágenes de fiesta y gente con alegría en las caras gracias al fin de la guerra, todo había acabado.

Le dijo que al día siguiente iría a verle.

Por fin.

La impaciencia hace más larga la espera, y nuestro comerciante, sin saber porqué, estaba muy impaciente desde hacia unos días. Por tanto, la espera fue más que larga. De hecho duró lo que dura una estrella en pasar a enana roja y luego a supernova.

Llegó el momento, ella seguía tan guapa como siempre. Pero había algo que intentaba ocultar, y que iba a aparecer en breve.

Le dijo:

– Mira, estos días han sido un poco ajetreados. Con todo esto de la diplomacia, los pactos y los repartos. Hasta ahí todo bien, lo normal. Pero hay una cosa que todavía no entiendo. Una de las cláusulas para que esto acabe es que el pacto de libre comercio que teníamos debe rescindirse y debes abandonar el país. No se bien el porqué de esa cláusula, pero está  ahí, y creo que es lo mejor si quiero que todo vuelva a estar en calma, y por el bien de mi pueblo. Espero que lo comprendas, es algo que tengo que hacer.

Si los pilares de la tierra hacen ruido al romperse y caer al suelo, algo parecido creyó oír. No sabía que hacer ni qué decir. Era él contra todo un reino. Las posibilidades no eran muchas en un escenario como ese, así que bueno, no supo que decir. Así que dejó las cosas como estaban y si tenía que irse se iría.

El atardecer le siguió hasta el motel. Estuvo recogiendo sus cosas, con el gesto fruncido. Sin entender que había pasado.

El ritmo de la noche vestía su caminar por los senderos, otra vez.

Un comerciante que jugaba un papel único en la historia de un país. Con eso se quedaría.

Ahora lo que le estuvo quemando por dentro durante unos días era una pregunta poco inteligente y cuya respuesta no lo era tanto:

P:¿Qué he hecho yo para causar todo esto?

R: Creo que nada

Masticando y rumiando la canción que le compuso su vecino se fue alejando de aquél país:

 
Con el anhelo dirigido hacia ti
yo estaba sólo, en un rincón del café
cuando de pronto oí unas alas batir,
como si un peso comenzara a ceder,
se va, se va, se fue…
Tal vez fue algo de la puesta de sol,
o algún efecto secundario del té,
pero lo cierto es que la pena voló
y no importó ya ni siquiera porqué,
se va, se va, se fue…
Algunas veces, mejor no preguntar,
por una vez que algo sale bien,
si todo empieza y todo tiene un final,
hay que pensar que la tristeza también
se va, se va, se fue…


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One response

25 03 2006
stalker

Bonita canción.

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