Erase una vez un reino(IV)

24 12 2005

El día siguiente no aventuraba nada nuevo. La noche pareció ser como las de siempre, y su despertar no tuvo nada de espectacular. El motel de mala muerte en el que se alojaba parecía ya su casa, y es que no se creía que llevara ya casi 2 meses sin salir del país.

Al desperezarse se acordó de que ese día no tenía concertada cita alguna con su nueva reina, eso lo exasperó y casi le lleva a la locura más profunda e indigente que cualquier sicólogo hubiera calificado de depresión comatosa.

Decidió salir de entre aquellas cuatro paredes y se dió a la fuga durante un par de horas. Anduvo sin saber a donde, sólo quería respirar y poner orden en los últimos contratos en los que estuvieron trabajando el día anterior. Había algo raro en ellos así que decidió contactar con un confidente al que hizo un favor al tiempo de llegar allí.

Se reunieron en un local no muy grande, pero en el que el trajín de individuos convertía la muchedumbre en algo muy privado.
Él necesitaba informacíon y el amigo le devía un favor. “La cosa marcha bien”.
No quería saber más, le dió las gracias, pagó la cuenta y salio del local. Dando tumbos por la calle, se quedó mirando a un par de pájaros en la rama de un árbol. Tan aislados, no necesitaban nada más, sólo el uno al otro. Eran como una habitación de hotel sin pasado ni futuro, Dios se empeño en que fuera así. Los dos sabían que se habían condenado hasta el final, pero vida no hay más que una, es lo que es y hay lo que hay.

Necesitaba ponerse en contacto con la secretaria real. Debía concertar una cita.

No sabía que hacer cuando llegó la hora, no se quería precipitar y tirar por la borda todo lo que había conseguido en aquellos dos meses. Como siempre, él se acobardó. Así que pasó de director a espectador nada más cruzar la puerta.

Era un día de fiesta en la calle, pero él se encerró en los ojos de la monarca ajeno a cualquier explosión. El tiempo se paró en mitad del despacho, y él fué el único espectador. Cada gesto lo recibió con mimo, y los gravó en cada poro de su piel. Le supo a violines, trompetas y arpas el silbato del reloj de cuco que había en la pared. Él ya no supo ocultar lo que sentía por aquella persona. Aunque no lo decía con palabras, parecia que no hacían falta.

Pensaba que era como si ella lo supiera desde el principio. En sus ojos había un brillo especial, y su mirada no la soportaba. No estaba acostumbrado.Hacía mucho tiempo que no le pasaba algo así. Llegaron a un acuerdo justo para los dos, e injusto para él porque se citaron a los dos días.

Llego al motel, y había un mensaje en la ventana escrito con lluvia decia: “Esta noche he venido y no estabas”.

 


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