Erase una vez un reino (IX)

17 01 2006

Definitivamente fueron dos eternidades, pero mereció la pena.
Se tocaron, y él olvidó por un momento el dolor que sentía en el costado, y se centró en la calma que empezó a manar de lo más profundo de su corazón, a borbotones; y se convirtió en un mar derramado por ambos lados de los acantilados del fin del mundo en que se convirtieron los limites de esa cama habitada por dos.
 

Pocas palabras se cruzaron entre ellos, un atasco de sentimientos las impedía avanzar. Fue difícil para él no poderse mover  en aquel instante. Su cuerpo negó seguir las órdenes dictadas por su cerebro, así que decidió abandonarse al ritmo que marcaba el borrador de los acontecimientos.
 

De esta forma, tenemos a dos individuos, uno de sangre azul, y otro de sangre que se veía roja. El nexo de unión entre ellos empezaba en sus manos y acababa en sus miradas. Él solo pensaba en el pacto, se ahogaba en su mirada, intentando adivinar lo que ella pensaba.
 

De repente, y sin saber porqué su cuerpo se movió lo suficiente para salvar la distancia que separaba sus miradas. Ella dijo un sí tácito, es decir, un “NO? no mencionado cuando sus labios se encontraron. Y por segunda vez oyó violines, trompetas y arpas, cuando de repente empezó a sentir el latir de un corazón acelerado, la cautelosa  maquinaria con precisión de reloj que empezó a correr en el momento en que ella pasó por debajo del arco de la puerta.
 

Consiguió abrir una brecha entre las defensas, o eso pensaba él. Pero bueno, ahora ya no importaba nada, sólo ellos. Él con el costado maltrecho y el corazón, que latía como si hubiese vuelto a nacer.
 

Si el cielo tiene sabor, seguro que es el que su gusto detectó en aquel momento. Aterciopelado, cálido, sin prisas, pero sin pausa. Por favor, que no pare. Pero como marca el refranero popular, todo lo bueno se acaba, y ese momento tenía que terminar en algún momento, por mucho que ninguno de los dos quisiera ponerle fin.
 

Y terminó, y es que las pocas fuerzas que su cuerpo consiguió reunir se esfumaron. Se dejó caer en la cama, con los ojos cerrados. Ella también los tenía cerrados. Ambos se quedaron saboreando los restos del momento que se esfumaban con el aire.
 

Por supuesto, sin querer que aquel momento terminase, tumbado en la cama, casi sin aliento, abrió la mano que había cerrado debajo de la almohada del hotel. En su pecho dejó caer el contrato, doblado, firmado, y cuidado con mimo.
 

Soñaba con él y ahora viviría por él.
 

“Que le den a mi jefe, aquí nunca me encontrarán.? Pensaba mientras su cuerpo no daba ya más de sí.
La vigilia y el sueño no se enteraron de que el pacto estaba firmado. Pero una batalla interna explotó, se sublevaron, no sabia muy bien quién era el responsable de aquello.
Ya no sabía a ordenes de quién estaban los acordes de sus palabras, del protocolo intenso de su comercio, y ya nada importaba todo eso. Fuese quien fuese quien domina allí, donde los sueños son tan libres como una manada de mustangs sobre el desierto, debía de gritar bien alto. Y sus palabras eran grilletes sobre sus párpados y condena de su vigilia engañada.
 

Se sublevaron todas las ideas contrarias, y mientras caía en el más profundo final de sus ojos entre abiertos, nada más podía recordar que la suave caricia y el aleto leve del aliento de la poseedora de los límites de su reino sin fronteras, sin guerras, sin niñas asustadas, sin madres desesperadas. En un mundo de dos soñó. Durmió, por fin, podía descansar y no quería, pero no podía más. Soñó y soñó. Ya no era un simple comerciante.
 

FIN DE LA PRIMERA TEMPORADA.


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One response

18 01 2006
stalker

Bonita historia… aplícale una creative commons… antes de que alguno se apodere de ella y aparezca en algún libro: el plagio está al orden del día.

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