De profesión aprendiz. (VIII)

17 06 2006

Después de un momento sintiendo las miradas curiosas de sus espectadores y sabiendo que podía hacerlo mejor, no lo dudó. Sólo esperó el momento oportuno y lo sacó. Su zurrón sucio y seco abrió su boca de forma mecánica.

Tuvo que tirar un poco, se resistía a salir. El libro surgió, apareció, como por deseo de su portador. El surgir de aquel conjunto de hojas pareció acompañado del sonido que hace el vacío generado por una boca y un dedo con malas intenciones.

Y allí estaba.

Era lo único que podía hacer para aliviar el stress que sentía. Después de tanto tiempo, de bar en bar, enterándose de cómo podría llegar al lugar, se vio atrapado en aquel sitio, y ahora no estaba seguro de poder estar allí en el momento justo.

 Buscó y buscó entre aquellas páginas la posible solución, pero como nuevo NO aprendiz que era, sabía que tendría que usar todo su ingenio para poder cumplir su cometido. Tenía que jugar bien esta partida, si no, no habría servido de nada todo el esfuerzo puesto en aquel día.

Se le estaba acabando el tiempo y debía ponerse en marcha. Se había dado cuenta, tarde como siempre, en que no bastaba con llegar, debería hablar con algunos que le ayudasen. Era demasiado para un novel. Su antiguo maestro se lo dijo, y él le respondió:

–         Me enseñaste bien, y lo sé. Esta previsto.

Debería salir bien, un plan en tres pasos nunca falla, o eso le decía su maestro.

Pero debían ser sólo tres, uno más o uno menos y aparecen lagunas. Ni siquiera múltiplos, no. Eso lo decía en el libro y la experiencia.

Y bueno, en marcha se puso. Ya estaba en camino, tras parar un poco para comer algo, se hizo de noche. Se rodeó con otros viajeros a los que tenía que engañar. Una pena, no eran mala gente, pero debía hacerlo.

Como quedaba mucho por llegar decidió integrarse y hablar de los temas que se suelen discutir en tales circunstancias. Como comunidad improvisada, tenían que compartir el tiempo, y quizás sus libros.

Así que lo cedió, y lo dejó ojear a la vez que aceptaba otro.

Tras un momento tuvo que pedir otro, le dañó lo más profundo de su retina al ver una B donde debía ver una V.

La noche fue larga y sonora. A caballo entre botella de ron y de cerveza. Sin perder la templanza, nuestro NO aprendiz consiguió dormir. Estaba bastante descansado, y con fuerzas suficientes como para volver a abrir su zurrón.

Se encontraron con maestros de verdad, y por arte del destino acabaron compartiendo el camino. No recordaba ninguna cara de la última vez. Pero esta vez eran los maestros los que deberían preguntarle a él por haber conseguido subir de nivel.


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