De profesión aprendiz. (VII)

12 06 2006

Recogió la antorcha improvisada, volvió a agacharse y escudriñó la oscuridad de la caverna. El tropiezo le dejó la marca tan famosa de aquel lugar en su brazo izquierdo. Dolorido siguió el camino a gatas. El techo no le dejaba andar al paso normal.

Pronto se haría de noche, debía salir de allí si quería ser Rey. Pendía de un hilo, su vida y todo su trabajo. No iba a dejar de luchar, por muy solo que estuviera.

Siguió gateando.

Nunca había visto tantos insectos juntos, y mucho menos de aquel tipo. En realidad, de tantos tipos. La afasia que le envolvía de vez en cuando sólo le permitía susurrarle al viento, pero nadie podía oírle, tan solo los animales que se acercaban a él curiosos sabían que estaba allí, y el porqué.

Gracias a los dioses no era claustrofóbico, y pudo sobrellevar aquel trote sobre afilados guijarros y bajo un cielo de húmedas estalagmitas con cierta dignidad. Propinaba varías barbaridades cada vez que algún bicho se acercaba a su cara más de lo estipulado en la convención de Ginebra. Dejando entreoír que todavía no estaba derrotado, y mucho menos muerto.

Los espectadores asentados a la puerta de aquel lugar no se explicaban de dónde sacaba las fuerzas para lanzar semejantes improperios. Incluso los árboles se estremecían al ver entrar el aire en la cueva, vaticinando la próxima oleada de chirriantes insultos. Parecía que llevaban sus ramas a unos oídos invisibles pero toscos como la corteza de aquellos alcornoques. Se decían unos a otros: -“¡Que alguien le corte la alimentación al amplificador de la montañita de las raíces…!¿¡ Joder!?”.

Pero nadie se hizo eco de la frase. De hecho, ninguno de los allí presentes conocía el antiguo, milenario e impresionante lenguaje del alcornoque. No por no haber estudiado, sino porque a un ministro se le ocurrió remodelar los planes de estudio hacía ya un tiempo, mucho tiempo. Esto era sólo uno de tantos síntomas que hacía ver cómo se iban perdiendo las buenas costumbres y la cultura.

Otro de los síntomas era que nuestro protagonista no entendía que lo que los bichos estaban haciendo era guiarle hasta la puerta de aquel sitio. No por cortesía, sino porque había estropeado el almuerzo a varias familias de las allí reunidas.

Esto último tampoco lo sabían afuera, en la colina.

Al fin, tras más de media hora y cuarto segundo de arrastrase, ensuciarse y golpearse, salió. Asomó la cabeza y no vio a nadie. Pero sentía miradas curiosas y oídos doloridos.


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14 06 2006
edinne

¿Es éste nuestro aprendiz? ¡Cuánto ha cambiado! Ha debido pasar mucho tiempo, parece que pronto estará en el lugar que le pertenece.

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