Este año “maldito”

23 07 2006

No deja de sorprenderme este “maldito” año. Y no quiero que me entendáis mal, este año no ha sido maldito, y mucho menos para mí. Muchas emociones, altibajos personales, profesionales y un largo etcétera.

Este va a ser uno de esos que nunca voy a olvidar, sobre todo porque aún no ha terminado. Y además me quedan muchas cosas por hacer todavía.

Para empezar me voy a la India con tres amigos, compañeros de guerra, para representar a España en el concurso de Microsoft: Imagine Cup 2006. Nos vamos el día 3 de Agosto y volvemos el 12, creo recordar. Va a ser toda una experiencia, seguro.

A raíz de esto tengo una especie de desasosiego porque este año es el primero que no sé dónde voy a estar cuando termine, qué va a ser de mí después de “lo de la India”, como suelo decir.

Aquí estoy con esos tres compañeros de batallas encerrados en la facultad ultimando los detalles del sistema que vamos a presentar en la India. Sí, Domingo 23 de Julio, en Sevilla, a chorrocientos grados a la sombra, encerrados en la facultad.

Otra cosita, esta vez será real: acabo la carrera en Septiembre.

Llegado ese momento, si no me contratan antes, :) , intentaré meter mi zarpa en Microsoft, por lo menos en Microsoft España. Parece que hay posibilidades de que pueda entrar. Va a ser complicado, pero se intentará.

Sólo tengo claro una cosa, y es que sé perfectamente con quién voy a compartir estas cosas.





El mundo en guerra

7 07 2006

El mundo estaba en guerra, todos los países, unos contra otros. La mayoría habían caído, demasiadas bajas en el tiempo que tarda la Luna en renovarse. Sólo quedaban cuatro en pie de guerra. Sólo cuatro con ganas de seguir luchando, sólo cuatro con algunas posibilidades de poner fin a la masacre, para muchos injusta.

Sólo podía quedar uno, todos lo sabían. Y aún sobrevivían cuatro. Era el día de la independencia americana, amargo día. Los Estados Unidos no podían celebrar aquel día, hacía tiempo que fueron borrados del mapa, allí todo era barro, inmundicia, suciedad, pobreza y desilusión. No querían seguir luchando, lo único que podían hacer era esconderse.

Una importante batalla se estaba desarrollando en algún lugar de Europa. Las fronteras ya no estaban para nada claras. Parecía que estaba organizado, por las noticias se sabía que sólo eran dos los que participaban en el aquel escarnio y rechinar de dientes.

Cruenta batalla, no se puede decir que fue larga puesto que duró poco más de dos horas. Las fuerzas estaban muy equilibradas, nadie sabía por quién apostar. Justo al final, un par de ataques marcaron el final, un par de golpes maestros cuando todo parecía perdido. Lo que quedaba del conquistado terminó por derrumbarse, y lo poco que quedaba del conquistador se hizo, quizá por una ilusión óptica, más grande.

Y entre tanta barbarie, en la distancia, parecía que quedaba tiempo para seguir viviendo, aunque fuera sólo por un momento.

En algo que se parecía a una barra de algo que podría ser un bar en tiempos de guerra, se seguían con inquietud las noticias que iban llegando a cuenta gotas.

Allí estaba nuestro comerciante, intentando refugiarse lejos de las zonas de conflicto. Había aprendido que por mucho que le paguen por sus mercancías en tiempos difíciles, no valían tanto como su propia vida.

Corría el riesgo de quedarse ciego. No estaba muy claro el origen del alcohol que allí servían, de hecho en muchos lugares lo destilaban ellos mismos. No se hacía por malicia, sino más bien, por encontrar un poco de paz aparente en lo que quedaba de sus míseras vidas.

El ángel apareció como solía hacer, siempre a la misma hora. Llevaba un tiempo frecuentando aquel lugar, y como otra noche más, él fue en su busca. No se atrevería a ponerle un par de velas y hacer alguna que otra promesa. Sólo podía ofrecerle compañía en la soledad que compartían de un mundo que se estaba viniendo abajo.

Sumergidos los dos como estaban en la angustia de una guerra mundial, se dieron una oportunidad. El miedo manaba por los poros de los dos entes que parecían haberse quedado solos en aquel bar improvisado, por lo menos el comerciante así lo pensaba. El tiempo se detenía cada vez que el ángel dejaba caer una mirada sobre sus ojos. Como el río aguanta con fuerza el caudal, así se aguantaba el comerciante, porque pensaba que aquel no era el lugar. Ya no le importaba para nada el combate que estaba teniendo lugar.