El mundo estaba en guerra, todos los países, unos contra otros. La mayoría habían caído, demasiadas bajas en el tiempo que tarda la Luna en renovarse. Sólo quedaban cuatro en pie de guerra. Sólo cuatro con ganas de seguir luchando, sólo cuatro con algunas posibilidades de poner fin a la masacre, para muchos injusta.
Sólo podía quedar uno, todos lo sabían. Y aún sobrevivían cuatro. Era el día de la independencia americana, amargo día. Los Estados Unidos no podían celebrar aquel día, hacía tiempo que fueron borrados del mapa, allí todo era barro, inmundicia, suciedad, pobreza y desilusión. No querían seguir luchando, lo único que podían hacer era esconderse.
Una importante batalla se estaba desarrollando en algún lugar de Europa. Las fronteras ya no estaban para nada claras. Parecía que estaba organizado, por las noticias se sabía que sólo eran dos los que participaban en el aquel escarnio y rechinar de dientes.
Cruenta batalla, no se puede decir que fue larga puesto que duró poco más de dos horas. Las fuerzas estaban muy equilibradas, nadie sabía por quién apostar. Justo al final, un par de ataques marcaron el final, un par de golpes maestros cuando todo parecía perdido. Lo que quedaba del conquistado terminó por derrumbarse, y lo poco que quedaba del conquistador se hizo, quizá por una ilusión óptica, más grande.
Y entre tanta barbarie, en la distancia, parecía que quedaba tiempo para seguir viviendo, aunque fuera sólo por un momento.
En algo que se parecía a una barra de algo que podría ser un bar en tiempos de guerra, se seguían con inquietud las noticias que iban llegando a cuenta gotas.
Allí estaba nuestro comerciante, intentando refugiarse lejos de las zonas de conflicto. Había aprendido que por mucho que le paguen por sus mercancías en tiempos difíciles, no valían tanto como su propia vida.
Corría el riesgo de quedarse ciego. No estaba muy claro el origen del alcohol que allí servían, de hecho en muchos lugares lo destilaban ellos mismos. No se hacía por malicia, sino más bien, por encontrar un poco de paz aparente en lo que quedaba de sus míseras vidas.
El ángel apareció como solía hacer, siempre a la misma hora. Llevaba un tiempo frecuentando aquel lugar, y como otra noche más, él fue en su busca. No se atrevería a ponerle un par de velas y hacer alguna que otra promesa. Sólo podía ofrecerle compañía en la soledad que compartían de un mundo que se estaba viniendo abajo.
Sumergidos los dos como estaban en la angustia de una guerra mundial, se dieron una oportunidad. El miedo manaba por los poros de los dos entes que parecían haberse quedado solos en aquel bar improvisado, por lo menos el comerciante así lo pensaba. El tiempo se detenía cada vez que el ángel dejaba caer una mirada sobre sus ojos. Como el río aguanta con fuerza el caudal, así se aguantaba el comerciante, porque pensaba que aquel no era el lugar. Ya no le importaba para nada el combate que estaba teniendo lugar.
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