La entrada suspiró, y dejó pasar al dueño de todo aquello. La pregunta de siempre:
- Buenos días, ¿Qué tal?
Y por supuesto, la respuesta de siempre:
- Jodido. Je,je.
“No por mucho madrugar amanece más temprano”, esa fue una de las cosas que nuestro maestro no le había enseñado todavía a nuestro aprendiz. Sólo le había mostrado todo lo que tiene que estar preparado para cuando él llegase. Orden, limpieza, claridad y una rauda respuesta a la primera llamada de la puerta.
Todo empezó como un día cualquiera. El maestro Vago se sentó en su sitio, pulsó un botón y como siempre, la voz baja, rezumaba sabiduría mientras decía: ¡Grabando!
Todavía no sabía muy bien de qué era aprendiz el muchacho, no pensaba que en aquella habitación podían ocurrir cosas como las que veía, pero su ataraxia no le dejaba sorprenderse por todo lo que veía.
Su trabajo consistía, por ahora, en hacer tres cosas muy simples:
- Tenerlo ordenado para cuando su maestro llegase
- Abrirle en el momento en que llegara.
- Quedarse sentado mirando lo que hacía.
Unas tareas algo repetitivas, a simple vista, pero la mejor de todas era la última. Era la única que no era mecánica. Cada día era diferente, cada día parecía que la entropía jugaba a la ruleta rusa con su maestro en el momento en que pulsaba el botón.
Siempre se iba a la cama con su cerebro un poco más hinchado, el resultado de aquellos juegos de azar quedaba grabado a fuego en su cráneo y durante la noche echaba raíces hasta su subconsciente.
Pronto llegaría el día que maestro y aprendiz estaban esperando.
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