La brisa de la media tarde galopaba por sus mejillas. El verde retozaba por todas partes, en el horizonte, junto al lago, y en los lomos de la colina en la que estaba semi sentado casi aislado del mundo.
Observaba cómo las golondrinas le sobrevolaban para alcanzar la superficie del lago. Con el fin de inundar su buche, quizás para hacer barro para el nido, quizás sólo para beber. No le importaba, pero empezó a tener sed. A su lado estaba el recipiente con el lÃquido de la vida. Lo agarró y se lo llevó a la boca. Notó resbalar el lÃquido por la garganta, practicando rapel hasta su estómago.
Ella estaba dormida y usaba su pierna como almohada. SentÃa su respiración pausada y tranquila. Su calor le reconfortaba y llenaba todos los dÃas de deambular por solitarios caminos buscando el trato perfecto que le retirarÃa del negocio para siempre.
Un picor nació en su costado, sin darse cuenta se descubrió rascándose hasta tal punto que habÃa rasgado su camisa y la piel se le venÃa abajo con cada paso de sus uñas.
Gritó y gritó pero ella no se despertaba. Y otra vez los sudores frÃos que pensaba habÃa dejado en la distancia volvieron a adueñarse de él.
Â
Despertó.
Â
Era de noche y sólo la leve luz de la mesita de noche le permitió verla tumbada a los pies de la cama, usando su pierna como almohada. Se tocó el costado y notó humedad. Apenas habÃa acostumbrado sus ojos a la oscuridad, cuando se abrió la puerta de la habitación dejando pasar a un enfermero diciendo:
-Es la hora de la cura.
Llevó su mano a la cabellera rizada con el fin de despertarla.
Se agitó levemente y se incorporó. Él dijo:
-Buenas noches.
Ella sonrió, tenÃa las mejillas coloradas y los ojos parecÃan no desperezarse a la vez que el resto de su cuerpo. Un último estirón y listo.
- ¿Has dormido bien?
 Ella respondió entre algún que otro bostezo nervioso:
- Si, demasiado. Estaba muy cansada. Desde que supe que te dormiste no me he separado mucho de este lugar. ¿Cómo estás?
- Bueno, he tenido dÃas mejores.
DecÃa mientras recordaba el momento de antes de quedarse dormido. Siguió diciendo:
- Me tienen que cambiar las vendas, vamos a ver qué ha quedado de mi torso de atleta.
Rieron.
Durante media hora estuvo a solas con el enfermero. Le retiró las vendas y las tiró. Limpió la herida que tenÃa y se dio cuenta de que el estado del “pequeñoâ€? arañón era mucho peor en su sueño. Asà que se alivió un poco. Ya no le dolÃa tanto.
Desde luego se sentÃa con fuerzas para levantarse, pero cualquier matasanos le aconsejarÃa que siguiese descansando. Asà que se quedó allÃ, no querÃa contravenir los consejos de alguien que ha estudiado mucho para decir cosas tan evidentes como: “Es un virusâ€?.
Comentarios recientes