Se me ha ido otra vez, y voy ha hablar de tempestades. Y es que cada vez que se acerca la hora de abandonar el humilde despacho en el que trabajo veo las nubes negras cerniéndose sobre mi cabeza.
Corro y corro, pero me siguen. Compañeros, que sé que son fieles, me acompañan un trecho, me ayudan a quitármelas de encima. Pero eso es algo que sólo puedo hacer yo mismo. Cuando ya no pueden seguir mi camino, tienen que seguir el suyo, me veo sólo, una vez más y un dÃa más.
Intento protegerme de mil y una formas. Intento controlar lo que se me viene encima manejando y encaminando mi interés hacia otros pensamientos. En concreto, hacia unos ojos a ratos verdes que me recuerdan que llevo ya algo más de tres meses vivo.
En la soledad de mi camino, veo la tormenta más cerca en cada vuelta de volante, no sé muy bien porqué me dirijo a ella., podrÃa dar la vuelta y alejarme, pero no me queda otra. Tengo que volver.
Levanto la mirada y atisbo el accidente geográfico a lo cerca. En la cima de esa montaña que llamo hogar veo el resoplar de los vientos y el devenir de los jirones de cielo que parecen caer sobre las afiladas laderas.
Y llego a su falda. Tomo aire para empezar a escalar, me armo con el equipo de supervivencia, un poco de paciencia y me digo: “Bueno, puede que hoy sea diferente.�
Y empieza la subida. No cuesta mucho, la verdad, ya he hecho este camino muchas veces y me conozco al dedillo cada recoveco. En realidad, el camino de ascensión que sigo está ya desgastado y amoldado a mis manos. Algunas veces pienso que aquellas grietas están puestas para mà y sólo para mÃ. DirÃa que son incluso amigas, ya no están afiladas como al principio, están echas a mis dedos y mis dedos a ellas.
Con la altura y el esfuerzo, noto que me falta el aire. Pero la tempestad, creo que no sabe, que de un tiempo a esta parte tengo ayuda. Aliento amigo el que me da pensar en esa mirada.
La tormenta no ha empezado, y parece que no lo ha hecho en todo el dÃa. La pared escarpada está seca y hace más rápida la subida.
Y llego a la cima. Me abro la camisa dejando mi pecho al descubierto, sabiendo lo que la tormenta me tiene destinado, como todos los dÃas. Dejo lo que traÃa conmigo en el suelo y a la vista, ordenado, como siempre. Y espero paciente.
Tiene que llover, asà que cierro los ojos y confÃo en que empiece y termine pronto. Sólo espero que al menos las llaves del coche sigan donde las dejé cuando todo pase. Espero y espero, imagino que nunca cierras los ojos, no pestañeas. Alzo los brazos creyendo que estás aquÃ, y mi propio tacto me juega una mala pasada. Ha empezado a llover.
El agua empieza a empaparme, y noto las gotas resbalar por mi espalda. Y me digo: “Sólo es agua, no me doleráâ€? Pero está frÃa y se cala hasta los huesos. Pronto pasará. Y pasa. Sigo donde me quedé, imaginando tu pupila en el horizonte, acompañada por un arco iris poniente inmaculado y perfecto. Y sigo corriendo, como si tuviese alas en los pies, no toco el suelo.
Un trueno retumba en el exterior y mi interior se encoge. Paso del sueño a la vigilia tan rápido que me desoriento. Me sorprendo medio descansado medio empapado. La tormenta, está dormida, pero está ahÃ. Latente y paciente me dice desde su sueño lo mismo de siempre: “Tienes que volver y aquà estaré.â€?
Imaginadlo con un chaleco de rayas, gafas redondas de pasta, un sombrero de nieve a juego y apoyándose en un débil bastón de madera. Pues sà está igual de perdido, no por sus palabras, sino por sus silencios.