¿Qué carajo está pasando?
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Se preguntaba mientras una voz de tonalidad preprogramada llamaba a la calma a los ciudadanos. Una sirena sonaba cerca. Era la tÃpica señal que instaba a la gente a esconderse en el refugio más cercano. Encerrarse para esperar a que un soldado abra la puerta pregonando que todo habÃa acabado.
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Y es que la razón y la locura, ya estaban haciendo de las suyas, otra vez. Y el reino en el que se desarrolla esta historia jugaba un papel estratégico. Su posición era ideal, y el primero que consiguiese hacerse con el control de aquel reino tendrÃa todas las papeletas para el sorteo final.
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Y la lucha por la conquista habÃa empezado. Cualquier sociólogo lo hubiese predicho: “Preparaos para pasarlo mal, porque se avecina una buenaâ€?.
Se veÃa venir, de lejos, incluso se olÃa, de lejos.
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Empezó a oÃr explosiones a lo lejos, venÃan del palacio. El miedo lleva al dolor y a la deseperación, y la oscuridad se cernió sobre su rostro. Cogió su cazadora de cuero, se embutió en ella, metió la mano bajo la almohada y salió corriendo.
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Mientras salÃa de la habitación un sudor helado empezó a manar de su frente. Bajó por las escaleras como una exhalación, los escalones pasaban bajo sus pies de cuatro en cuatro.
Cruzándose con el resto de habitantes, la morena del cuarto, el músico del tercero, el tÃmido del segundo, y un largo etcétera, salio del motel “Gente corrienteâ€? de un salto.
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Cayó en mitad de la acera y se percató de las nubes de humo negro que nacÃan aquà y allÃ. Echó una ojeada. Su mundo se vaciaba. “No, de allà no, no ha habido tiempo, ¿cómo es posible?â€?
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Todas las nubes eran de una oscuridad terrible, pero aquella absorbÃa la oscuridad de todas las demás, la que salÃa del palacio.
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Corre, estúpido, corre.
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Hubiese sido imposible tomar prestado cualquier medio de transporte, la gente corrÃa despavorida en busca de refugio. El miedo en sus caras y la prisa en sus piernas. El silencio gritaba por todas partes. Su vecino tenÃa ese dÃa que repartir flores, pero el crudo curso de los acontecimientos le hicieron darse cuenta de que si Dios existÃa, se estaba hundiendo de pena por lo que estaba pasando. Bandadas de pájaros se iban todas juntas por un cielo incierto.
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Corre, estúpido, corre.
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En tan sólo un milisegundo desde que cayó a la acera, echó a correr. Hubiese preferido saber volar, de esa forma no habrÃa tenido que esquivar el dolor con el que se encontró en el camino.
Madres buscando a sus hijos que se supone estaban jugando en el lugar donde ahora habÃa un agujero en el suelo. Una niña asustada agarraba una muñeca, lloraba. Pasó junto a ella, la agarró en carrera y la dejó enfrente de una mujer que gritaba:
“¡Mi hija, esa es mi hija!�
La mirada de gratitud que se intercambiaron comerciante y madre dejarÃa helado al más activo de los volcanes.
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Y siguió corriendo.
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A medida que se fue acercando al palacio, tuvo que esquivar a algún que otro soldado, tan desesperado como aquella madre, tan asustado como aquella niña.
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La llamada de una voz familiar le hizo girar la cabeza, acto seguido, cambió de dirección. Una imagen vale más que mil palabras, y una mirada también. En concreto, aquella mirada decÃa: “No corras en esa dirección que es la equivocada, ella esta por aquÃ.â€?
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HabÃa corrido tanto y tan aprisa que por sus venas ya no habÃa sangre. Sino algo parecido a lubricante para motores. Se asfixiaba, y disminuyó el ritmo de su baile enloquecido en dirección al que le llamaba. El amigo que le llevó al salón de juegos ilegal.
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Craso error, aquel de disminuir el ritmo. Un frÃo eléctrico le recorrió el cuerpo, por la espalda, a traición y sin avisar, algo pareció atravesar su costado.
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Y cayó al suelo. El olvido se adueñó de él, la oscuridad inundó sus sentidos, mil y una sensaciones pasaron por su cabeza. Y otra vez sus recuerdos. Pero esta vez, de adelante hacia atrás, llegó al primer recuerdo que tenÃa, su abuelo.
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Y de repente, volvió a nacer. La inercia de la caÃda le despertó de su desesperación. Y vio a su amigo paralizado por el terror. Se movió un poco, y luego otro poco más. Se levantó, corrió en la dirección correcta y llegó sano y salvo, o por lo menos eso pensaba él. Se agarró a lo que ahora no era más que una borrosa figura humana y se desmayó.
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Oyó una voz femenina:
-Â Â Â Â Â Â Â Â Estas en un sitio a salvo, no te vayas …
Reconoció la voz de su amigo diciendo:
-        ¡Sacadla de aquÃ!¡Os dije que no la dejarais entrar!
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Sintió algo en su brazo, húmedo y tibio, una lágrima. Pasos, un tirón de la sabana lo dejo semidesnudo en lo alto de aquella improvisada cama de hospital. Y la voz femenina fue expulsada de la habitación.
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En ese momento alguien le empezó a arropar, consciente ya de su cuerpo y su estado, el comerciante estiro la mano y agarró el brazo arropador.
-¿Qué ha pasado?
Su fiel amigo contestó:
-Te alcanzaron en el abdomen, pero no han dañado ningún órgano vital. Llevas dos dÃas en coma, y te hemos mantenido en observación. Perdiste mucha sangre, pero no te has despertado hasta ahora …, pensábamos que no querÃas vivir.
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El comerciante se miró el brazo en el que cayó la lágrima y luego desvió la vista para los vendajes de su abdomen.
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Miró a los ojos a su salvador.
Salió de la habitación, le hizo una señal a alguien y ella apareció al otro lado de la puerta. Pasó y el sanador cerró la puerta tras de ella. Los dejó solos.
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No dejaron de mirarse a los ojos desde que apareció por el quicio de la puerta.
Una sonrisa mental era lo más que podÃa dejar ver el comerciante, mientras ella se acercaba a la camilla donde se recuperaba de las heridas.
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Una eternidad, pasó una eternidad, ¿o fueron dos?, desde que ella empezó a andar hasta que se sentó al borde de la cama y le volvió a coger la mano.
A veces la locura, el miedo, el dolor e incluso una lágrima derramada en el lugar correcto son del todo necesarias. En el resto de las ocasiones no deja de ser una historia dulce colmada de buenas intenciones y estancadas realidades. Sigue el camino de baldosas amarillas y al inal encontrarás lo que buscas en la ciudad de esmeralda dónde mujeres de ojos irlandeses te darán la bienvenida. Suerte comerciante del pensamiento puro.
La historia es muy buena… todos deseamos que tenga un final feliz… pero… son los finales tristes los que más marcan la memoria… evitando el olvido.
Hola! Necesito hablar contigo… pero no encuentro tu direccion de mail en el perfil… ¿me puedes escribir a nan_garrido@hotmail.com? Gracias!