Se despertó, y no sabÃa bien si llegó por propio pié al dichoso motel. Se encariñó con aquellas paredes y el aire que encerraban. Decidió no grabar con las uñas su nombre en la escayola por alguna razón, quizá no era el momento. TenÃa prisa.
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Estaba ultimando los preparativos para la próxima recepción, algo nervioso, por no decir bastante. Esta visita podÃa llevar a su compañÃa mercantil a las posiciones más altas de la bolsa o a hundirla en la más absoluta miseria.
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Si algo le asustaba más que tener que decir algo habiéndolo preparado, era tener que decir algo sin preparar. No tuvo tiempo de pensar en nada. No habÃa tiempo. Asà que directamente, el comerciante alargó el brazo y le entregó el contrato a su majestad, añadió:
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“Aquà están mis condiciones para el pacto, no hay letra pequeña, nada escondido. Puede que este contrato no sea del todo justo para su majestad, pero para nuestra empresa es lo mejor que nos ha pasado en, créame, mucho tiempo, sólo faltan las condiciones que su majestad desee añadir.�
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El errante caminante le habÃa entregado un papel en blanco con su firma.
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Sin dejarle tiempo a reaccionar, ella tomó la celulosa convertida en folio, y lo estudió con detenimiento.
Él no le dejó tiempo a que añadiese nada, y dijo:
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“Por favor estudie mi propuesta. Por mi parte es todo.�
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La respuesta no se hizo esperar y no pudo ser más desconcertante:
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“De acuerdo, gracias por concedernos su tiempo. Mi equipo y yo estudiaremos sus condiciones y le avisaremos�.
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Sin dejar de mirarla a los ojos, recogió lo poco que quedaba de su seguridad y dejó la habitación.
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Se fue dando un paseo. Esta vez no se fijó, pero el dÃa era tan perfecto como los anteriores. Soleado, sin humedad, una deliciosa brisa le rozaba las mejillas, pero no se fijó.
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Imbécil, no podÃa pensar en otra cosa. Tantas precauciones, tanto esperar, todo el trabajo tirado por la borda.
Al menos fue sincero, no se le olvidó nada. La sinceridad era algo poco común en un comerciante, pero este comerciante tampoco era común
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Llegó al motel, con un cigarro en la boca y la palabra “sincero� en la cabeza.
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Los dos dÃas que siguieron parecieron no terminar, y esa palabra no se le iba de la cabeza.
Y llegó la contestación de la casa real:
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Un sobre con el sello inconfundible. No era muy ancho, asà que la respuesta no podÃa serlo tampoco.
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Estimado señor:
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En los últimos intentos de pactos comerciales ofrecidos por otras empresas no hemos salido muy beneficiados de los resultados. Escasez en ciertos productos fundamentales no hicieron bien en nuestro pequeño reino. Tomamos la determinación de estudiar con esmero cada propuesta que pudiese llegar.
La suya nos interesa, pero nuestro pueblo es el que decide si estas relaciones son buenas para todos.
Por tanto, antes de lanzarnos a algo potencialmente beneficioso, queremos comprobar que realmente será tan beneficioso para su compañÃa como para nuestro reino.
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Reciba un cordial saludo.
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¿Qué?
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Nuestro comerciante se hundió entre el fracaso y la agonÃa. No veÃa con claridad lo que aquella carta querÃa decir.
EntendÃa aquella carta, pero no lo querÃa hacer. No la querÃa entender. Casi todas las reuniones parecieron fructÃferas. Se le estaba escapando algo, lo sabÃa.
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En medio del frÃo de aquella habitación buscó el calor de su encendedor, acompañado cómo no, de su fiel cajetilla de tabaco.
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Algún dÃa tenÃa que dejar aquel vicio, pero qué harÃa en esas ocasiones de tanto estrés sin él. Cogió un cigarro, lo encendió y aspiró profundamente. Aquello no podÃa ser bueno. El humo inundó sus pulmones.
El caos se apoderó por un momento de su cuerpo. Y su cuerpo lo reflejó con una parálisis total.
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Durante tres cigarros la desesperación se apoderó de él. No podÃa volver a su hogar con aquel fracaso a sus espaldas.
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Su vida pasó rápidamente justo delante de su nariz hasta que llegó al momento en que su jefe de sección le decÃa con un tono más que amenazador “La próxima operación no te puede salir malâ€?
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Al fin reaccionó. “Vale, estudiemos otra vez la cartita�
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Tras leerla cuatro veces, llegó a una conclusión. No sabÃa muy bien cómo, pero esa conclusión estaba cogida por las cuatro esquinas con alfileres casi invisibles a las esquinas de su cerebro.
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¿Tiempo?, ¿serÃa eso lo único que hacÃa falta?, no estaba del todo seguro, pero de acuerdo, pues si tiempo es lo que hace falta, nuestro comerciante tenÃa entre su equipaje la última innovación en maletas, y curiosamente, estaba repleta de tiempo. No se acordaba ya de lo que le costó cerrarla al salir de su hogar.
La historia se está poniendo muy interesante… joder… que me está enganchando…
Necesito más capÃtulos… yo no podré hacer la tercera parte del páramo hasta este sábado por la noche…