Dicen que las noches suelen ser oscuras, pero aquella noche fue gris marengo. Era invierno y las eventualidades atmosféricas dan mucho juego a los escritores que destrozan el primer papel que se les pone por delante, asà que la noche fue gris marengo porque una niebla mortecina, se arrastraba por las calles de la ciudad.
Un vagabundo por aquÃ, un hombre que iba o volvÃa de alguna parte. Y nuestro comerciante no podÃa dormir. Embutido en una cazadora de cuero, cigarro en la boca y mechero en la mano, acercó la candela al palo incandescente pensando en si estaba haciendo lo correcto. Siguió mudo, con la mirada fija en el sueño de conquistar aquél paÃs, empezando como no por la reina, si se hacÃa con ella, todo tendrÃa un color diferente.
Pero el muy estupido, tan seguro que parecÃa de si mismo, andando a solas por calles desiertas en un paÃs desconocido, no se percató de que no estaba solo. Mientras caminaba sintió lo tÃpico que sienten los tÃpicos protagonistas de las tÃpicas novelas de esta ralea. Una punzada en su delicada nuca.
Se fijó en el encendedor que llevaba en la mano. Plata de ley, uno de tantos regalos que le habÃan hecho por los resultados en alguna que otra operación. Se lo acercó a la boca, pero lo puso en un ángulo demasiado caprichoso, y debido a ello no vio absolutamente nada detrás de él.
Siguió deambulando hasta llegar a un bar caprichosamente abierto, con una clientela igualmente caprichosa. Restos de lo que se conoce como hombres bebiendo sin más motivo, aparentemente. Ya que cada uno de ellos estarÃa sumido en pensamientos abisales. Por el estado de esta gente y la actitud aburrida y pasiva del camarero se dirÃa que allà podÃa estar tranquilo.
Ã?ntes de sentarse en la mesa menos iluminada al fondo del bar, decidió acercarse a la barra y sentarse en el taburete más duro e incomodo que debÃa existir. Allà a la luz de la vidriera, frente al espejo sin limpiar, se sentó. No querÃa dar la impresión de que estaba ocultando algo, asà que para no levantar sospechas, se pidió una copa y se buscó en el espejo. No podÃa hacer otra cosa. La copa llegó con la pasividad que un perezoso mostrarÃa intentando agarrar la rama más deliciosa que jamás hubiese visto.
Y de la misma forma empezó a saborear aquella copa. Una ojeada rápida por el bar sólo habrÃa llegado a contar dieciocho personas sin contar al camarero, pero como los ojos de este comerciante estaban bien entrenados. De entre esas personas habÃa una que resaltava por encima de las demás. Más que nada, resaltava porque era la única que no dejaba de observarle, sin ningún intento por ocultar su inquisidora mirada.
Estaba en la penumbra, y no podÃa distinguir sus rasgos pero a medida que se fué acercando, suspiró para sus adentros al reconocer al que le dijo que “La cosa marcha bien”. Tras charlar un poco sobre cosas que ningún posible oÃdo curioso podrÃa calificar de importantes, este inesperado amigo le invitó a que le acompañase.
“Te gustará el sitio al que te voy a llevar”, y bueno, ¿porquè no?, no tenÃa nada mejor que hacer.
Tras un cuarto de hora y dos cigarros llegaron al lugar.
Por su aspecto exterior nadie apostarÃa nada por adivinar lo que habÃa tras aquella puerta. Y mucho menos nuestro comerciante.
Él estaba acostumbrado a los salones de juegos ilegales, pero aquel era distinto. Sobre todo porque ella, estaba allÃ. Jugando al solitario, curioso, pensó el. Nada más y nada menos que la misma reina que embriagó todos sus sentidos jugando sola. Inquietante.
Sus miradas se cruzaron al momento de que él cruzara el umbral. Él sabÃa que ya habÃa perdido.
En unos momentos se dió cuenta de que estaba solo, y su misterioso “amigo” se habÃa sentado en la mesa de al lado junto a la que podrÃamos denominar como novia, conclusión a la que llegó debido a las miradas que se dedicaban y a la falta de añillos en las cuatro manos.
El comerciante se acercó a la reina, era como si nadie se hubiese percatado de la reina estaba alli. Sin embargo, para él era como si no hubiese nadie más aparte de ella.
Pidió permiso para sentarse, concedido.
Y otra vez, como en tantas reuniones, empezó el ataque, pero gracias a Dios, de una forma más informal. Una mirada que no se sabÃa ni de donde venia ni a donde iba, derrumbó las defensas que el comerciante habÃa intentado montar a toda prisa.
Pero todo fué inutil, era una guerra que sabÃa que no iba a ganar.
La mano de ella tocó su hombro, en un gesto que parecÃa totalmente inocente, quizás lo fuera, pero los centros de mando decÃan que no, que aquel ataque era por algo.
Mientras tanto, debajo de la mesa, la rodilla real no se separó de la comercial y los centros de mando decÃan que aquel ataque era por algo.
Las palabras que nacÃan de aquella boca perfecta, y los gestos que las acompañaban inutilizaron los oÃdos del comerciante, y los centros de mando decÃan que aquel ataque era por algo.
Sin embargo, los centros de mando no supieron responder, las tropas confusas, sabÃan que habÃa que hacer algo, los centros de mando no respondÃan, y ninguno de los pobres soldados desvelados por la nocturna voz de alarma supieron reaccionar.
Llego la hora de cerrar, y el pobre comerciante se fué tal como vino, con un paquete de tabaco en el bolsillo y un encendedor de plata de ley.
Resultado de esta batalla: Un comerciante insomne.
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Buena historia… esperemos que lleve a buen puerto y no naufrague…